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viernes, 11 de marzo de 2011

Awetef Ketiti: "La revolución de la mujer árabe está en marcha y es imparable"

Llegó para quedarse: Awetef Ketiti: "La revolución de la mujer árabe es...:

La profesora Ketiti.

Profesora tunecina en la Universitat de València. Vive con atención las revoluciones en Oriente Medio y opina que son un desafío a los opresores y una oportunidad de oro para la liberación de la mujer. Awatef Ketiti ha hablado en Casa Mediterráneo, del rol femenino en los procesos de cambio social.

lunes, 21 de febrero de 2011

Cambio en los países árabes: Información y Análisis

Llegó para quedarse: Cambio en los países árabes: Información y Análisi...:



Debido a los acontecimientos que se están produciendo en los países árabes, Casa Árabe ofrece una selección de artículos de información y análisis de diferentes expertos y en distintos idiomas. Los artículos, que se incorporarán cada lunes, miércoles y viernes, no reflejan la opinión de Casa Árabe, sino únicamente la de sus autores.

viernes, 14 de enero de 2011

Manifestaciones en Tunez


Articulo publicado por Javier Valenzuela en el diario El País:

Obsesionados por los árboles del islamismo y el yihadismo que les ocultan el bosque de una región gangrenada por el autoritarismo, la corrupción, el raquítico desarrollo económico y las profundas desigualdades sociales, muchos europeos no aciertan a entender estos días lo que está ocurriendo en el norte de África: espontáneas y virulentas revueltas juveniles en Túnez y Argelia, reprimidas a sangre y fuego por los gobernantes. Y sin embargo, la clave de interpretación es bien es sencilla: la juventud del Magreb y el valle del Nilo tiene sed de libertad, trabajo y dignidad, está más que harta de malvivir.
Desde el Atlántico al mar Rojo, los países norteafricanos tienen una serie de características comunes. Viven allí unos 200 millones de personas, un tercio de ellas menores de quince años y dos tercios menores de cuarenta. Estamos hablando de una población joven y vitalista, que, además, ya no es tan analfabeta. El medio siglo transcurrido desde las independencias de esos países ha hecho que muchos norteafricanos tengan hoy estudios primarios, secundarios o hasta universitarios, y no sólo los varones, también las mujeres.
Ese mayor nivel de educación se corresponde con una menor resignación y unas mayores expectativas de vida, a lo que cabe añadir que los jóvenes norteafricanos saben cómo va el resto del mundo: ven por satélite las cadenas de televisión occidentales, y también la árabe Al Yazira, y, aunque sea en mugrientos cibercafés, son entusiastas de la información y la comunicación a través de Internet.
De raíz derechista, proamericana y liberaloide, como el de Túnez, o de raíz izquierdosa, tercermundista y socialistoide, como el de Argelia, los regímenes norteafricanos llevan lustros sin satisfacer las más mínimas expectativas de sus juventudes. Ni dan empleo (el paro entre universitarios puede llegar al 40%), ni garantizan libertades y derechos, ni tan siquiera ofrecen ocio y entretenimiento. Ni pan ni circo.
Entretanto, los gobiernos, y las sociedades civiles, de Europa sostienen hipócritamente a esos regímenes so pretexto de que son muros de contención del islamismo político. Mientras detengan (y, si es menester, torturen y ejecuten) a los barbudos, la cosa va bien. Pero esta actitud tiene dos serios problemas. Uno, político y moral: la evidencia del doble rasero de un Occidente que dice defender la universalidad de la democracia y los derechos humanos. El otro, de mera eficacia: estos regímenes son bomberos pirómanos en relación al islamismo; su despotismo y su corrupción son los principales argumentos de los propagandistas de los partidos de Dios, su incapacidad de ofrecer nada a la juventud la convierte en una cantera de reclutamiento para los barbudos.
Y lo mismo puede decirse respecto a la inmigración. Europa apoya a estos regímenes para que pongan barreras que impidan o dificulten la travesía clandestina del Mediterráneo. Pero es su incapacidad para generar riqueza suficiente y, sobre todo, para distribuirla con un mínimo de equidad lo que constituye una fuente permanente de creación de candidatos a la inmigración.
Lo de Túnez es particularmente escandaloso. Como ese país está abierto al turismo occidental, al que garantiza confort y seguridad, y es durísimo con los islamistas, el régimen de Ben Alí lleva lustros gozando de carta blanca. Así que en la práctica, el supuestamente modélico Túnez ha ofrecido en las últimas dos décadas menores niveles de libertad que Argelia y Marruecos, lo que ya es decir.
Túnez está regido por Ben Alí, un militar de 74 años de edad que lleva ya 23 en el poder. Se trata de un fenómeno común en el norte de África, donde el gobernante más joven es el marroquí Mohamed VI, con una década en el trono. El egipcio Mubarak, el libio Gadaffi, el argelino Buteflika ya detentaban el poder desde antes de que nacieran la mayoría de sus, llamémosles así, súbditos. Hagan ustedes el contraste entre la juventud de las poblaciones y la decrepitud de los gobernantes, y tendrán otro elemento de explicación para lo que está ocurriendo.
¿Qué podría hacer Europa? Para empezar, darle la voz y la palabra a los reformistas y demócratas del Magreb y el valle del Nilo. En estos tiempos de la información convertida en espectáculo, el exabrupto de cualquier loco yihadista da grandes titulares en nuestros medios, mientras no se les da el menor cuartelillo a los que luchan por un norte de África que evolucione política, social y culturalmente hacia la convergencia con Europa. Y luego cabría darles un apoyo real a esos reformistas. La formula no es tan complicada: cualquier ayuda a los países del sur del Mediterráneo debería estar vinculada a progresos reales en el camino hacia la democracia, los derechos humanos, la igualdad de la mujer y la corrección de las desigualdades sociales.
Pero difícilmente va a ser así. Los demócratas del norte de África comparten el sentimiento lúcido y amargo expresado hoy en EL PAÍS por Mustafá Benjaafar, un opositor tunecino entrevistado por Juan Miguel Muñoz: "No tengo ninguna esperanza en que Europa nos ayude". La salvación tendrá que venir de ellos mismos. Y eso es lo que empuja a los miles de jóvenes tunecinos y argelinos que, en contra de los topicazos, no se manifiestan estos días para pedir la prohibición del alcohol y la obligatoriedad del hiyab, sino para reclamar trabajo y libertad.

martes, 21 de diciembre de 2010

Arrastre Xenófobo


Noticia publicada en el diario El País

Los duros efectos de la crisis económica sobre el déficit público y el empleo han propiciado un retorno del debate europeo en torno a la inmigración. No porque se trate de una consecuencia inevitable, sino porque las dificultades que atraviesan la mayor parte de los países de la Unión han creado un caldo de cultivo favorable a la expansión de las propuestas populistas y xenófobas.
Los partidos democráticos, por su parte, no han intentado contenerlas y combatirlas, sino que han preferido disputar electoralmente en el mismo terreno que estas fuerzas emergentes, y ateniéndose a la misma agenda. Medidas contra los inmigrantes que cosechaban una amplia condena hasta fechas recientes se incorporan ahora a los programas electorales y de Gobierno de los partidos democráticos. Y también la Unión Europea (UE) se está dejando arrastrar por esta peligrosa corriente, como ha quedado de manifiesto en el intento felizmente abortado de aprobar la Directiva del permiso único en el Parlamento de Estrasburgo.
El regreso de la inmigración al primer plano político no debería ocultar el cambio de sentido que ha experimentado el debate. Si durante los tiempos de bonanza se centraba en las medidas para canalizar o ralentizar los flujos de trabajadores extranjeros, invocando los supuestos desafíos que su sola presencia representaba para las culturas o identidades nacionales, en estos momentos lo que se discute es cómo privarlos de sus derechos. Y no de los que les corresponden como a cualquier persona -que, por lo demás, no siempre están siendo respetados-, sino de los que han adquirido por haber trabajado legalmente y, por consiguiente, haber cotizado por sus prestaciones y pagado sus impuestos.
En tiempos de ajuste presupuestario y de recortes sociales, el populismo y la xenofobia proponen excluir a los trabajadores extranjeros de los beneficios que les corresponden como fórmula para aliviar el esfuerzo que se exige a los nacionales. Y según demuestran algunas medidas de la Directiva del permiso único, como la de la no exportación de las pensiones, es una tentación a la que no parecen resistirse los partidos democráticos.
Si algo diferencia a estos es que, al contrario que las fuerzas populistas y xenófobas, no se atreven a proponer por sí solos los recortes a los derechos de los trabajadores extranjeros y prefieren recurrir a la UE para que les sirva de coartada. En vez de asumir la ignominia de lo que proponen, buscan descargar la responsabilidad en las instituciones europeas y presentarse como disciplinados ejecutores de sus directrices.
Con esta estrategia allanan el camino al populismo y la xenofobia, al otorgar un marchamo democrático a su agenda y a sus iniciativas. Pero, además, desvirtúan el proyecto de la Europa unida, que va dejando de ser un instrumento en favor de las libertades civiles y el respeto a la ley para convertirse en lo contrario. No basta con que Europa avance hacia cualquier unidad. La única unidad que merece la pena es la que se articula en torno a aquellos principios que están siendo vulnerados para tratar la inmigración.
El número de extranjeros trabajando en la Unión se ha estancado como consecuencia de la crisis. El balance entre los que regresan a sus países de origen y los que llegan se ha equilibrado, y podría inclinarse hacia el descenso de la población inmigrante si persisten las dificultades. Por eso, el retorno del debate sobre la inmigración al primer plano político es un cínico señuelo que esconde lo que de verdad se está jugando la Unión. Por una parte, el principio de igualdad ante la ley; por otra, la universalidad de los derechos sociales. Vulnerados ambos principios, nada impediría que, tras los trabajadores extranjeros, se discriminara a otros colectivos desfavorecidos.